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COREMEX: Una crisis que parece no tener fin y que golpea la confianza de los trabajadores

¿Qué se necesita para que los trabajadores dejen de ser tratados como idiotas útiles por parte de una dirigencia sindical que los ve solamente como vacas lecheras? La pregunta no es retórica, porque el caso de Coremex es el ejemplo más descarado de cómo una organización que debería ser el escudo de los obreros se ha convertido en su principal depredador. Mientras los afiliados sudan la gota gorda en las líneas de producción y arriesgan su integridad física cada jornada, Carlos Gamboa, exdelegado sindical de Fugra Lerma, se embolsaba los materiales de seguridad que debían protegerlos. No es un error, no es un desliz: es un acto de pillaje premeditado que revela el alma podrida de un sindicato que ha perdido toda brújula ética.

La audacia de Gamboa no tiene límites. Robar cascos, arneses, guantes y todo aquello que podría salvar una vida no es un simple hurto; es un acto de traición cobarde que merece el calificativo de vileza. ¿Cómo es posible que alguien designado para velar por la seguridad de sus compañeros termine convirtiéndose en el principal riesgo para ellos? La respuesta es sencilla: en Coremex, los valores se cambian por monedas, y la lealtad a los trabajadores se subordina al beneficio personal. Gamboa no es una manzana podrida en una canasta sana; es el síntoma de un sistema que premia a los sinvergüenzas y castiga a los honestos. Su despido no fue un acto de justicia, sino un movimiento forzado por la evidencia abrumadora, y la dirigencia de Coremex, lejos de condenarlo con firmeza, ha optado por proteger a sus cómplices.

Por si el escándalo de Gamboa fuera poco, las denuncias de los trabajadores de Gates Rubber y Sablon confirman que la podredumbre es sistémica. Cuotas sindicales exorbitantes que se esfuman sin dejar rastro, representantes que brillan por su ausencia cuando se necesitan, condiciones laborales que no mejoran ni un milímetro, y una opacidad financiera que ofende la inteligencia de quienes aportan su dinero mes con mes. Coremex no rinde cuentas porque no quiere, y no quiere porque tiene demasiado que ocultar. Los trabajadores no son tontos: saben que sus cuotas financian los lujos de una cúpula que los desprecia mientras les sonríe con hipocresía. Es hora de llamar a las cosas por su nombre: Coremex no es un sindicato, es una mafia que medra a costa del sudor ajeno.

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